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20.07.2010
Bioarquitectura: sanar edificios y vivir en hogares saludables

Para los enfermos de Síndrome de Sensibilidad Química, se ha de ir incluso más allá del concepto de bioconstrucción. Materiales que son considerados no tóxicos o naturales, pueden producir intolerancias en un organismo afectado por esta enfermedad.

El autor es arquitecto especializado en BioArquitectura. Para tener calidad de vida, salud y bienestar es tan importante habitar en edificios sanos, como alimentarse y vestirse. ¿Qué sucede si nuestras vidas transcurren en construcciones plagadas de patologías tecnológicas y que las hacen insalubres para la actividad humana?

por Horacio Cangelosi


Si analizamos detenidamente nuestra vivienda, o en general nuestros edificios, encontraremos en ellos multitud de materiales, sustancias y productos inadecuados, perniciosos o contaminantes que pueden ser fácilmente sustituidos por otros más sanos y ecológicos.

Hemos sustituido, en nombre de un malentendido progreso y con mayúscula exageración e irracionalidad, los materiales naturales y nobles (piedra, madera, ladrillos, tierra, fibras  vegetales, etcétera) por materiales artificiales como el hormigón, diversas aleaciones metálicas, y múltiples materiales sintéticos, a los que hay que sumar la instalación de sistemas de acondicionamiento artificial, y otras tantas instalaciones eléctricas y mecánicas, que constituyen un verdadero cóctel de agresión a nuestra biología, con los consecuentes riesgos para nuestra salud, situación que pone en profundo cuestionamiento nuestra forma de diseñar y construir.

La contaminación de espacios interiores puede representar un riesgo importante para la salud humana, si se considera que en general los individuos permanecen más del 80% de su tiempo en ambientes interiores y el 50-60% de éste en sus hogares. El efecto de los contaminantes sobre la salud de las personas es variable y dependerá principalmente del tipo de contaminante, de su concentración, del tiempo de exposición, de las reacciones con otros contaminantes para formar sustancias más tóxicas, además del metabolismo y susceptibilidad individual.

Ya en 1982, el Instituto de Sanidad de la República Federal Alemana publicó un estudio mediante el cual se comprobó, en más de diez mil viviendas, que la atmósfera del interior de las mismas era con frecuencia cincuenta veces más tóxica que la atmósfera exterior de nuestras ciudades.

Desde los años '80, la OMS (Organización Mundial de la Salud) ha reconocido y definido al Síndrome del Edificio Enfermo (SEE) como "el conjunto de síntomas diversos que presentan los individuos en estos edificios y que no suelen ir acompañados de ninguna lesión orgánica o signo físico, diagnosticándose, a menudo, por exclusión. Y es un conjunto de síntomas que padecen algunos individuos que habitan o trabajan en un mismo edificio, generalmente de los denominados sellados, y que mejoran cuando lo abandonan", en realidad es un síndrome de los edificios "que enferman" a sus ocupantes.

Los síntomas físicos del síndrome del edificio enfermo pueden incluir: cefaleas, irritación de ojos, nariz y garganta, tos y estornudos, congestión, sinusitis, rinitis, dolor de cabeza, vértigo, nauseas, fatiga, letargo, dificultad para concentrarse, falta de confort, piel seca o irritada, irritabilidad, sensibilidad a los olores, alergias, dermatitis, catarros, gripe, etcétera.

 Hasta no hace muchos años, el Síndrome del Edificio Enfermo parecía ser privativo de edificios de oficinas, públicas y privadas, algunos educacionales y hospitales de alta complejidad. Pero ya tenemos una serie de síntomas que nos indican que hemos logrado replicar muchas de esas tecnopatías en nuestras propias viviendas, y eso sí que enciende un alerta rojo, ya que no nos va quedando lugar alguno donde refugiarnos.

Si nos parece un poco extraña esta conjetura, verifiquemos que tan ajenos pueden parecernos estos síntomas ya citados, a los que podemos sumar: migrañas y jaquecas, insomnio, cansancio crónico, disminución generalizada de la vitalidad, fatiga visual, estrés, trastornos del sueño, estados de ansiedad y/o depresión, trastornos hormonales, pérdida de la libido, hasta llegar en algunos casos a infecciones agudas, cánceres y otras enfermedades degenerativas, debido a las múltiples agresiones que debilitan al sistema inmunológico. Trastornos a los que no se halla solución por las vías médicas convencionales, ni mediante terapias alternativas, y que amplifican nuestras sospechas respecto de estar expuestos a algún tipo de contaminación de nuestro ambiente doméstico.

Pues no debe resultarnos tan extraño, si analizamos que nos enfrentamos diariamente a un silencioso y peligroso arsenal de contaminantes, con los que tenemos permanente contacto y exposición.

Es sorprendente que no se haya previsto el alcance de esta contaminación doméstica, por ejemplo: los compuestos orgánicos, como solventes volátiles, adhesivos,  materiales sintéticos de construcción, pinturas, muebles recién terminados, parafina, (responsables de efectos perjudiciales en el sistema nervioso central, corazón, pulmones e hígado, y de posibles efectos cancerígenos); las fibras (asbesto, minerales, sintéticas) presentes en aislantes; materiales de construcción, retardantes de incendio, amoblados nuevos, cubrepisos y alfombras, pinturas texturadas (responsables de irritación de la piel, mucosas, y en el caso del asbesto se lo asocia a cáncer pulmonar y al tracto gastroinstestinal, mesotelioma pleural y peritoneal).

Materiales radiactivos (principalmente el radón) en adhesivos, subsuelos, materiales sintéticos de construcción (responsables de cáncer de pulmón); el formaldehído, presente en cubrepisos, adhesivos, aislantes, resinas, barnices, material aglomerado, muebles nuevos, materiales sintéticos de la construcción (responsables de la irritación de las mucosas, piel y vías respiratorias, edema pulmonar, afecciones al sistema nervioso central, riesgo cancerígeno).

La contaminación electromagnética, que afecta gravemente a aquellas personas que poseen marcapasos y/o algún otro elemento metálico dentro de su cuerpo; Sin detallar sobre tantos otros riesgos toxicológicos, y aún sobre contaminación fotoquímica, presentes en materiales de construcción que no se encuentran verificados ni aprobados ni restringidos para su uso humano.

Algunos podrán alegar que aún no tenemos el total de certezas científicas al respecto de varios de estos factores enumerados, a lo que simplemente podremos citar el Principio 15° de la Declaración de Río sobre Medio Ambiente y Desarrollo (Río de Janeiro, 1992) que establece: "Cuando haya peligro de daño grave e irreversible, la falta de certeza científica absoluta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces en función de los costos para impedir la degradación del medio ambiente o los daños a la salud de las personas."

Lo cierto es que muchos edificios modernos, incluso nuestras casas o departamentos, crean atmósferas interiores insalubres y/o peligrosas para sus ocupantes. Sobre todo porque a corto plazo, estas domopatías -factores ambientales que definen la "bio-habitabilidad" y como inciden en el confort y la salud biológica y psicológica de las personas- son causa de fatiga, todo tipo de trastornos y molestias, desvitalización y disconfort, con estrés psicofísico que afecta al estado de ánimo, al rendimiento y a todo tipo de relaciones. A largo plazo, todos estos “Edificios Enfermos” representan el extremo de los errores, convertidos en ambientes artificiales, insanos, antieconómicos y antiecológicos,  capaces de causar enfermedades, varias de ellas de gravedad, en sus habitantes.

Lo alentador, es que cada vez más personas busquen ideas, consejos y asesoramiento profesional para adecuar y actualizar su vivienda, su lugar de trabajo, atendiendo a criterios de eficiencia energética, salud y ecología. No olvidemos que la casa es nuestra tercera piel y debe protegernos, no sólo de las inclemencias climatológicas, sino también de otros factores que pueden resultar agresivos para nuestra salud.

La BioArquitectura tiene respuestas concretas y enteramente accesibles para resolver esta problemática esencial, o sea, recuperar la casa, el edificio, como un sitio saludable, confortable, adecuado para albergar todas nuestras actividades vitales, y sobre todo para proteger la vida de nuestros seres queridos y la nuestra. Utilizando técnicas de bioconstrucción y bioclimatismo, adecuando nuestro hogar, no sólo para sustituir los materiales tóxicos o peligrosos por otros naturales y no contaminantes, sino además para alcanzar la mayor eficiencia energética posible y el mayor ahorro de materias primas, con sus consecuentes beneficios económicos y ecológicos. A la vez que evita o minimiza los efectos negativos de las diversas formas de contaminación a que un edificio puede estar sometido en forma permanente (electromagnética, química, biológica, ionizante, telúrica, radiactiva, etc.)

En síntesis, para todos aquellas personas con sensibilidad ambiental, con mayor lucidez para lograr una mejor calidad de vida, que se dan cuenta de la necesidad de cambiar su "hábitat", es precisamente la BioArquitectura quien tiene más a mano las respuestas necesarias a sus deseos y requerimientos.

 

Fuente: mdzol.com

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